Ya no queda mucho...quizás un par más. Se tendrán que añadir cosas, pulir mucho y preparar el storyboard. Hay partes que constituirán el núcleo del relato que en el cómic desarrollaré mucho más, de forma pormenorizada. Pero ya casi termino mi relato de ficción. Creo que lo llamaré "Sombras"
"Sólo cinco minutos hasta llegar a la cafetería donde iba a pasar cuentas -ya lo había decidido- de forma definitiva con Q. Había llegado al colmo, había cruzado la raya, por muy mal que él lo estuviera pasando en aquel momento, no podía tolerar ese último y definitivo abuso.
“-¿Que le dijo qué?”
Mi propia frase resonaba en mi cabeza, como un mantra destinado a darme fuerzas para decirle a Q todo lo que quería decirle y a hacer, por fin, lo que debía, de una vez por todas.
El espejo de un escaparate me devolvió una imagen de mí mismo a la que ya me había acostumbrado: un tipo más o menos alto, triunfando en la lucha por mantener erguida una espalda de natural encorvado y dolorida por un esguince mal curado. También me devolvió la imagen de un tipo... delgado.
Aunque no tanto como lo había llegado a estar, por supuesto.
No lo supe hasta mucho después, tan grande es la capacidad del ser humano de asumir el sufrimiento si se va administrando en pequeñas dosis. Tuvieron que decírmelo a posteriori, como la postrera reflexión de un crítico frente a una mala película.
Tuve que verlo en la expresión de N la primera vez que me vió desnudo.
Supongo que ahora puedo decirlo: estuve una temporadita en el infierno. En mi propio y personal infierno.
La misma capacidad de determinación que me llevó a superar las trabas inherentes a mi ámbito profesional, ahora se iba a volver en mi contra. Toda la energía y fuerza de voluntad que en otros momentos me había ayudado, ahora se concentraría en mortificar, en autodestruir mi cuerpo.
Mal aconsejado, hice caso a los cantos de sirena de algún gurú de pacotilla.
Ayuno, autocontrol, arroz y agua.
Como había que cocer el arroz, lo cambié por manzanas. Dos al día. Como complemento, dos vasos de leche, no fuera a ser...
Y anfetas, claro, para aguantar el tirón. Bueno, no quiero exagerar, no eran exactamente anfetas, aunque el clorhidrato de prolintano se le parece bastante.
Nos habíamos aficionado al Katovit tras una sugestión de nuestro proveedor de camisas oficial. Era en la época en que Q y algunos más compartíamos estudio, trabajando en nuestros propios asuntos. Pero Q consiguió un buen asuntillo que, eso sí, exigía muchas horas de intenso trabajo y él decidió que necesitaba reunir un equipo.
Q se pasaba unos cuantos días rascándose la barriga, revolcándose en sus operísticas depresiones por culpa de las mujeres (siendo justos hay que reconocer que en ocasiones le daban motivos sobrados para deprimirse) y cuando quedaban 3 días reunía a toda prisa a un equipo de fieles que debíamos solucionarle la papeleta, trabajando junto a él día y noche. ¡Y cuidado con negarte! Mis propios encargos me llevaron en una ocasión a plantar cara a aquella situación y ello me valió un sinfín de improperios y malos rollos. "Nacido para ser imbécil" Recuerdo que esa frase hizo fortuna, aunque no salió de la boca de Q.
Aunque es probable después de todo que, quien la dijera, tuviera razón. Al menos fuí imbécil durante unos cuantos años.
¡Semper fidelis, Q!
Recuerdo el ritual: nos reunía a todos y nos repartía los caramelitos, que tragábamos con fruición. Poco a poco la euforia se apoderaba de tí, el corazón comenzaba a latir con fuerza y te sentías capaz de aguantarlo todo.
Yo seguí usando y abusando de ese medicamento de forma habitual, pero cada vez costaba más conseguirlo. Las farmacias lo iban retirando y te exigían receta. No todas, por lo que la búsqueda del tesoro se convirtió en una más de mis múltiples ocupaciones.
Eso y pesarme en la balanza.
El katovit me ayudaba a olvidar el hambre, me mantenía despierto y activo (increíblemente no dejé de trabajar en ningún momento). Mi vida en mi estudio, no lejos de mis padres físicamente pero viviendo mentalmente en otro planeta, felizmente aislado de mis antiguos compañeros, comenzó poco a poco pero de forma decidida a internarse en una espiral obsesiva.
Podía pasar un par de días sin comer, luego ingería una manzana y bebía un vaso de leche. Luego dos días más sin comer. Pastillas para aguantar. Luego flexiones. Luego el gimnasio, para quemar calorías, a pesar de los consejos del monitor que se desesperaba por que comiera algo. Báscula en la farmacia antes de entrar. Control en la misma báscula al salir. Luego un par de litros de agua. Luego más flexiones. Luego laxantes. Luego la báscula. Luego hambre. Luego pastillas. Luego café (ojo con el azúcar que engorda). Luego hambre. Luego manzana. Luego agua. Luego laxantes. Luego flexiones....Luego hambre. Luego hambre. Luego jódete que es por una buena causa. Luego espejo (estoy gordo). Gordo, gordo, gordo.
Repítase durante un año. Nunca padecí bulimia: mi determinación era ciega, obstinada. De 90 kilos llegué a pesar 69 en unos ¿3 meses? Y seguía, seguía bajando.
Flexiones. Luego el gimnasio, para quemar calorías, a pesar de los consejos del monitor que se desesperaba por que comiera algo. Báscula en la farmacia antes de entrar. Control en la misma báscula al salir. Luego un par de litros de agua. Luego más flexiones. Luego laxantes. Luego la báscula. Luego hambre. Luego pastillas. Luego café (ojo con el azúcar que engorda). Luego hambre. Luego manzana. Luego agua. Luego laxantes. Luego flexiones....Luego hambre. Luego hambre. Luego jódete que es por una buena causa.
Dolor, dolor y hambre, hasta que dejé de sentirla. Gordo, gordo, gordo.
Gordo, gordo, gordo, gordo.
No recuerdo bien hasta dónde llegué, una parte de mi existencia en aquel tiempo está velada por una bruma ¡bendita sea!.
Finalmente, un día, un esqueleto me devolvíó la mirada desde el espejo.
Ahora lo puedo ver con claridad meridiana y entiendo que poder recordar aquello fué el comienzo de mi recuperación: de costado podía ver perfectamente definidas la forma de todas y cada una de las vértebras de mi columna. A la altura del estómago no había, prácticamente, nada más.
Pero me veía, me sentía gordo.
Gordo, gordo, gordo, gordo.
Tenía que bajar a la calle, mi estudio estaba en uno de esos pequeños pisos del Poble Sec. Un sexto piso real sin ascensor. Sólo escaleras que comenzaban a ser una montaña. Y caí, desfallecido.
No había sido la primera vez que mi cuerpo se rendía ante el brutal asedio de mi sinrazón.
Llegué a ser, fuí una sombra. Y casi desaparezco.
Pero N me salvó. Le debo la vida, nada menos.
¿Que le dijo, qué?"
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