"No se ha alejado mucho de la estación, aún puede ver su fachada tras las moles oscuras de los edificios que tiene delante.
Un rato antes, al atravesar la puerta de los andenes, había llegado a un amplio espacio mal iluminado. Las paredes estaban recubiertas de cerámica decorada que, en su conjunto, formaba formidables imágenes que el intuyó de antiguas batallas o efemérides locales. Un hueco en una de las paredes llevaba a las ventanillas de despacho de billetes. Éstas eran de madera oscura, todo transpiraba vetustez y un cierto abandono, la antigüedad de un lugar poco cuidado que ha visto pasar miles de viajeros pero ahora dormita la paz del retiro. No encontró a nadie.
Todo estaba vacío, yermo, solitario, como si el tren que le había llevado hasta allí hubiera sido un convoy que nadie esperaba, una anomalía que no debería haber existido. Nadie para recibir al viajero, nadie para despedirlo. Cruzó las puertas que daban a la calle, afuera llovía, seguía lloviendo. Una amplia plaza se extendía frente a él y un poco más lejos la plaza se transformaba en varias calles que se perdían cuesta abajo, donde crecían las formas oscuras de los edificios de la ciudad. Buscó de nuevo, como quien recurre a un talismán de fortuna, el papel que había encontrado en el bolsillo del abrigo un rato antes, cuando había caído por el suelo al agitar el viento inesperadamente su abrigo.
En el papel, escrito, él supone una dirección y el nombre de ¿una persona, un hotel? ¿O tal vez es el nombre la dirección y al contrario?. Nadie a la vista para ayudarlo, nada que le sirva para orientarse, al fin decide dejarlo todo en manos del azar: caminará sin rumbo hasta encontrar a quien pueda preguntar o, quien sabe, quizás la misma calle cuyo nombre lleva escrito.
Recordó la primera sensación de euforia que sintió al leer aquel miserable papelito, pensando que en él estarían escritas las respuestas a todas las preguntas que se estaba haciendo. Recuerda que pensó si aquella letra desmañada era suya. Recuerda que pensó que era como haber encontrado el mapa del tesoro.
En aquel momento, allí en medio de la lluvia, cargando la pesada maleta, la euforia había pasado, pero aún se aferraba a aquel descubrimiento como si en ello le fuera la vida.
Caminando había llegado hasta donde comenzaba una larga calle, que se perdía en giros y recovecos mucho más abajo. Entonces se paró y giró sobre sí mismo para mirar atrás .
No se ha alejado mucho de la estación iluminada por tenues farolas, a cuyo resplandor la lluvia y la neblina otorgan un carácter espectral. Tras de la estación se extiende una oscuridad tétrica que, por algún motivo, sabe que no debería estar allí. No quiere pensar en ello, y continúa caminando, llevando consigo la maleta.
La maleta, aquella maleta, es un objeto de 60 por 40 por 16 centímetros, de bordes redondeados. De rígida estructura, parece construída con algún tipo de material plástico y su color es negro mate. Dos asas permiten el transporte y una somera inspección le había bastado al viajero para saber que aquella dichosa maleta no tenía las ruedecillas que, según recordaba, servían para facilitar el transporte de aquellos bagages.
Ya se ha escrito que el viajero sin memoria recuerda sin embargo lo necesario para poder desenvolverse con cierta naturalidad.
Esa persona sin nombre ni pasado se dice a sí mismo que la próxima vez que comprase una maleta, se aseguraría de que llevase ruedas.
Por que el peso de la valija es desproporcionado, casi ridículo, en relación a su tamaño, y al cabo de un rato de caminar siente un deseo irrefrenable de abandonarla, aún pensando que en su interior puede haber algo que le dé pistas sobre su identidad, su procedencia, su destino... En el tren, con poca luz, aún estupefacto por su despertar en aquel mundo de incógnitas sin fin, había perdido el tiempo que hubiera podido dedicar a abrirla y revisar su contenido. Daba igual, lo hará allí mismo, bajo la lluvia. No está dispuesto a caminar ni un paso más cargando aquel peso muerto.
Bajo un farol busca las cerraduras cuando repara en que la maleta no puede abrirse, es una caja cerrada, no hay separación entre las dos piezas en que se supone una maleta bien educada debe poder ser abierta para acceder a su interior.
Lo más curioso es que entonces, en el momento en que cargar con ese peso se hace más evidentemente inútil, es cuando decide no abandonarla. Una mezcla de alarma y miedo mezclada con una irresistible curiosidad hace que desee con todas sus fuerzas saber que hay en aquel interior sellado: el vaivén del caminar denota que la maleta no es un bloque sólido, que algo hay allí dentro. Seguramente varios objetos de consistencia y volúmen variados, a juzgar por el sonido que hacen cuando agita la maleta. -¿Y si llevo una bomba?- piensa con aprensión.
Regresan los deseos de abandonar aquel bulto inerme, por de pronto deja de agitarla.
Sigue caminando, internándose en la oscura y silenciosa ciudad."
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