"Vamos a llamarle X, a falta de un nombre más adecuado. Él no puede saber (y en realidad no importa) que a partir de ahora para nosotros será el señor X, al menos hasta que él recuerde su propio nombre, cosa que finalmente ocurrirá.
Ocurrirán muchas más cosas, extrañas y terribles, pero no adelantemos acontecimientos.
Por de pronto, X, nuestro viajero sin identidad, sigue caminando por las oscuras y silenciosas calles de Porto en busca de respuestas. Algo caliente que meterse en el cuerpo tampoco iría mal, piensa.
La lluvia que no para de caer le está calando y el viento frío hace que pasar bajo la frugal protección de aleros y balcones sea inútil. Camina por una calle desierta, sin coches aparcados, luces en las ventanas (que son como nichos abiertos esperando recibir a sus futuros ocupantes) o personas trasnochadoras. El único sonido que puede oírse es el de la lluvia cayendo sobre el empedrado y el de sus propios pasos, amén de algún esporádico juramento cuando cambia de brazo la pesada maleta.
Entonces, otro sonido.
Ese sonido activa algo dentro de su pensamiento, es un lamento en la oscuridad, un barco entre la niebla.
Una imagen viene a su mente: un acantilado inmenso. Él observando el interminable océano gris. Un anhelo irresistible e indefinido de vidas no vividas, de amores infinitos, de horizontes inabarcables... Lágrimas en los ojos, el corazón desbocado.
X debe pararse y apoyar su espalda contra la pared de un edificio. ¿Era una visión de un momento de su pasado? Había sentido un tropel de emociones como una multitud entrando en un almacén el primer día de rebajas...Ya más calmado vuelve a oír el sonido que le había provocado aquel recuerdo. Identifica, sin duda alguna, la sirena de un barco.
Asiendo la maleta con energía renovada continúa caminando hasta que la calle desemboca en una plaza, uno de cuyos lados está abierto al mar. La niebla allí es más densa y las luces de los faroles del muelle parecen estar metidas entre algodones. El barco que hace sonar su sirena navegando frente a X es una embarcación pequeña, un objeto aplanado y oscuro que a X le hace pensar en un monstruo marino perdido, quizás una ballena moribunda varada como él mismo, en un lugar desconocido.
Es entonces, cuando el viento arrastra una porción del velo de la niebla, que X ve por primera vez el puente. Una gigantesca estructura de celosía metálica y piedra se eleva hasta una altura que a él le parece, a causa de la distorsión de la niebla, inconcebible. Las luces que perlan el desmesurado arco central del puente terminan de darle un aspecto espectral. En parte grácil, en parte mastodóntico, la visión del puente le corta el aliento por un instante. Y le da una idea más exacta de lo que está viendo: la extensión de agua que tiene delante suyo no es el mar, sino un amplio río, y al otro lado puede ver una miríada de luces, como una constelación desconocida recién inscrita en la cartografía celeste. Casas y edificios singulares se adivinan al otro lado, aparentemente cerca, aparentemente lejos. Basta, en realidad, con cruzar el puente.
Pero todo a su tiempo, piensa X.
Cargando con la valija se dirige a un lugar del muelle de donde proviene una súbita música. ¡Una taberna llena de gente! El ánimo de X mejora por momentos cuando oye por última vez el sonido fantasmal del barco que se aleja y por un momento un retazo de las emociones sentidas con anterioridad vuelven a él. Empuja la puerta y se sumerge en un ambiente tan neblinoso como el de afuera, pero en lugar de aquel olor a humedad y calles sucias, le asalta un terrible olor a tabaco, cerveza y orines. A pesar de esto y de que el aspecto de la humanidad allí presente es más bien inquietante, el calor reinante hace que X se alegre de estar allí.
Nadie parece haber reparado en su llegada. Lo primero es lo primero, piensa, y a pesar del frío que aún siente dentro, pide una cerveza: de pronto ha recordado que es algo que le gusta. Luego preguntará por la dirección que lleva apuntada. ¿Quizás también por un Hospital? Recuperémonos, piensa.
El camarero: un hombre gordo, mal afeitado y que luce un bigote grasiento mal cuidado. Prácticamente calvo, peina hacia adelante sus escasos pelos en un vano intento de arrebatar la victoria final a la calvicie. Apenas ha esbozado un gesto cuando X ha pedido su bebida. Un momento después pone una jarra llena delante de X. Éste entiende que no sería una buena idea pedir una jarra limpia en un lugar como aquel, así que la coge e intenta beber poniendo los labios en algún lugar del vidrio libre de restos. La cerveza está caliente, el sabor es una prolongación de los olores de la sala. Se la toma como una medicina. Deja la jarra en el mostrador y se gira para mirar al lugar donde una mujer está cantando una canción a la que él no había prestado atención hasta aquel momento. Ahora ha comenzado otra, más o menos con el mismo deje y la misma cadencia. No entiende el idioma, pero intuye que es una canción triste. Desde donde está apenas puede ver a la mujer, que está sentada al lado de un guitarrista. La gente que llena el local la mira, los más cercanos guardan silencio, los demás charlan y hacen sonar los vasos. Gente de aspecto tosco, mal vestidos. ¿Trabajadores del puerto? ¿Putas?. Pide otra cerveza. La voz de la mujer es un lamento armónico, bellísimo, la guitarra podría enmudecer y la voz de aquella mujer podría aún emocionar las piedras.
Comienza a sentir el mareo del alcohol. Mira al camarero y una pregunta súbita le asalta: ¿Es real ese hombre? ¿Es real este sitio? ¿Soy yo real? ¿Y si todo esto es un sueño?. Una cucaracha del tamaño de su pulgar recorre el mostrador. X se aparta instintivamente. Todo es demasiado real y al mismo tiempo demasiado extraño. Pero debe tener un final, cuando recobre finalmente la memoria.
La tristísima canción llega inevitablemente a su final y se ha hecho un espontáneo silencio. Algunos asienten con la cabeza.
X aplaude con entusiasmo, vigorizado por el alcohol, pero se para en seco al ver que todas las personas allí presentes han girado sus cabeza y le están mirando con aire de reproche, como si lo hubieran pillado orinando sobre El Cáliz Sagrado.
A él.
De pronto vuelve a sentir miedo. Un hombrecillo patético, borracho, que había estado escuchando la canción recostado en una de las sucias paredes, se mueve hacia X. Ojillos enrojecidos como ranuras hundidos en un cráneo mal recubierto de pellejo. Amplias entradas en la frente, pelo ralo blanco, Una boca distorsionada en un rictus de dolor. Está llorando. Llora como el niño que fué una vez, como el niño que quizás todavía es. Hipando, buscando aire entre suspiros, se acerca tanto a X que éste puede oler su aliento asqueroso, hecho de años de ingestas inidentificables. Se acerca tanto que X podría contar uno por uno los escasos dientes que permanecen más muertos que vivos en la boca de aquel hombre grotesco. Entonces, sollozando, el borracho dice en voz bien alta:
-¡El fado no se aplaude....! - Y gotas de saliva le salpican la cara a X, quien intenta apartarse sin éxito de aquella inclasificable ducha- ¡El fado no se aplaude...El fado SE LLORA!
Y le coge el brazo con una mano sarmentosa, mirándolo con fijeza.
X, aturdido, asiente con la cabeza. Los demás parroquianos, satisfechos con la lección de folklore local dada al extraño, vuelven a sus bebidas y a sus charlas. El hombrecillo suelta su brazo y, amistosamente, le da unos golpecitos en el hombro, tras de lo cual vuelve a su pared.
A X le tiemblan aún las piernas.
La mujer que cantaba se ha puesto de pie y le está mirando.
X la puede ver bien por primera vez desde que entró en aquel lugar y el corazón le da un vuelco.
La conoce, sabe que la conoce. Una parte de su mente grita que lo sabe todo sobre aquella mujer, que ha hablado con ella, que incluso ha vivido con ella alguna vez. Que ha visto y conoce su cuerpo a la perfección, que la ha deseado y la ha poseído...
Pero no tiene idea de quién es."
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